Críticas

La Nación 1951 - BELLAS ARTES

Dibujos de Margot Portela Parker
Una verdadera revelación es esta artista que auna la paciencia del monje con la exactitud del geómetra, y que levanta unos complejos edificios de tinta china que hay que mirar con lupa y que asombran por la poesía que de sus estructuras emerge. Observe el lector esos sabios dibujos, durante el largo espacio que es justo dedicarles. Observe aquellos que como «Caballete» se levantan con el rigor de un teorema resuelto: y aquellos que como «Niña sumergida», tienen la hermosura de sueños nacidos de miles de burbujas: y aquellos, como los alucinentes «Porticos para los cantos de Maldoror», que hacen pensar en suntuosos tapices negros. Descubrira entonces en la obra de Margot Portela Parker las excepcionales condiciones que Rafael Alberti destaca en el catálogo de la muestra, y que anuncian un valor nuevo, el de una infatigable viajera de laberintos poéticos que se abre paso en ellos con la delgada

Por tercera vez afronta el juicio del público Margot Portela Parker, ex discípula de Pettoruti, cuyos primeros dibujos a tinta tuvimos oportunidad de considerar hace alrededor de cuatro años. Digamos sin reservas que el camino andado por esta artista en este espacio de tiempo no puede considerarse sino de considerable. Frente a sus obras de hoy aquellos dibujos se nos aparecen como los ejercicios iniciales de una personalidad que perseguía con ansiedad una expresión individual. Los trabajos a tinta que ahora expone en la galería Pizarro son reveladores. La artista cuenta, es evidente,con un mundo suyo, personal, intensamente poético que comunicarnos, y ha encontrado, también es evidente el procedimiento y el vocabulario que conviene a su materialización. El uso de las tintas de colores en masas tonales moduladas ,yuxtapuestas y aplicadas mediante procedimientos visiblemente personales, proporcionan a sus trabajos una original fisonomía plástica, y su temática, las gamas elegidas, el tratamiento del color y de las formas y las texturas obtenidas, les confieren un clima para cuya calificación es inevitable la utilización de la palabra poesía. Margot Portela Parker- que afronta incluso, a veces, la no figuración absoluta- es, por lo general, figurativa. Pero en uno y otro caso su visión personalísima se halla libre de las influencias de los maestros y las corrientes estéticas dominantes en este momento. Algún paisaje suyo puede evocar, en sus lejanías fantasmagóricas y en sus delicadas minuciosidades de miniaturista, el recuerdo de ciertos fondos renacentistas y posrenacentistas. Pero esto no pasa, por cierto, de una analogía de espíritu más que de forma. Su pintura, insistimos, es personal, sugestiva y de un tono y un acento de espiritual inactualidad.

He observado frecuentemente que las imágenes obtenidas por el repliegue del alma en sí misma o las suministradas por el mundo subterráneo, por las realidades más secretas, ejercían sobre nuestro espíritu un poder no desprovisto de nostalgia.
No me refiero exclusivamente a los sueños que nos aporta el dormir,sino también a aquello que a veces se lee en la complicada maraña de unas raíces, en la veta de la madera estratificada, en las huellas geológicas de la hulla o, más simplemente aún en las figuras que surgen al contemplar el bordado de una cortina o el dibujo de una alfombra.
Es preciso indagar a fondo la apariencia. Así ella entrega sus secretos y revela, semejantes a esos objetos encerrados en los inocentes contornos de las imágenes-acertijos, los elementos de un universo de un universo desconocido. Pero, el conejo escondido entre dos nubes sobre el cazador ciego o los rostros descompuestos por las arquitecturas de frutas y legumbres de Arcimboldo, son tan solo el resultado de un juego.
Con Margot Portela Parker y las formas segundas, las formas suscitadas que sus pinturas proponen, sentimos despertar en nosotros la nostalgia, la inquietud que he evocado más arriba. Reencontramos ahí una forma lejana del conocimiento,la que ha precedido a nuestra conciencia y que tal vez- quién puede saberlo?- la ha de prolongar.
Luz interna de los minerales, deslumbramientos de las profundidades, itinerarios de nuestros laberintos, nada tiene aquí nombre y, sin embargo, todo nos es familiar.
Toda exploración íntima de nosotros mismos o del mundo exterior resultaría, la mayor parte de las veces, de magro provecho sin la ayuda de algunos grandes visionarios, entre los cuales incluyo hoy, sin temer ser desmentido, a Margot Portela Parker.
Con su a arte agudo, su penetración, sus colores de una sorprendente interioridad, ella nos revela los tesoros que encierra nuestra noche.

Una prolongada estancia en París nos devuelve ahora a Margot Portela Parker con una obra que establece una significativa diferencia con la anterior que le conocíamos. Dibujante y grabadora en sus anteriores muestras, es el óleo, el cuadro, el que ahora encara con esa nueva manera, con la cual se expresa con una personalísima claridad. Y es fácil imaginar, ante esas circunstancias, que fue su estancia en aquella ciudad la que transformó su modo de expresarse. Cuando ocurren esas transformaciones-llámese evolución, etapas, etc.- es difícil establecer en esos artistas que así proceden, la obtención de lo que podemos denominar como su lenguaje.es generalmente una forma de despersonalización que hace difícil el hallazgo de una caracterología identificadora, no solamente en su aspecto técnico, sino en su contenido. En el caso de esta artista, los dos aspectos son superados espontáneamente, con la seguridad de una convicción irrevocable.
Su lenguaje de ahora está perfectamente identificado con su contenido. Y si a ello agregamos que esta manera de expresarse es la que corresponde frente a las cosas y los sucesos, llegamos a la conclusión de que nos hallamos ante una artista cuya madurez responde al florecimiento de su personalidad.
Frente a la mayoría de sus cuadros, identificados con una aparente no figuración para salir del paso con una designación, comprobamos que su proceso abstraccionista conduce no obstante hacia una figuración- a una nueva figuración- posible. Un juego imaginativo cuyos resortes se mueven impulsados por elementos plásticos puros, orienta al espectador hacia una probable solución emotiva. No es la suya una abstracción especulativamente fría, intelectualizada, sino que utiliza el color y la insinuación o la aparición de una forma, para establecer una referencia sensible entre el espíritu creador de la artista y la posibilidad del cuadro, en este caso del cuadro nuevo. Así es posible admitir la trascendencia de la nueva pintura,cuando como en este caso está respaldada por un mecanismo que responde a una imperiosa necesidad interior.
Es ésta, indudablemente, una de las muestras más importantes de nuestra temporada.

Margot Portela Parker, que expone sus obras en la galería «Le soleil dans la tete» lleva tan arraigada en sí su tierra argentina, su continente, que permanece impermeable a toda sugestión exterior, a pesar de haber vivido no pocos años en Paris. Su pintura tiene ese color terroso que parece dar a la materia ese color simbólico de madre. En ella aparece, con fulgor matizado, la forma que ha de establecer el motivo predominante, ya sea a modo d cuerpo humano inconcreto o de masas que evocan fantásticos edificios o grandiosas catedrales. Otras veces, aparecen masas que dejan ver conjuntos, a manera de de grupos de casas encaladas o siluetas.
Reflejándose en el agua ocre rojizo, formas perdidas en la noche de la paleta que da colores mate, que renuncia a los tonos fuertes, que tiene la sobriedad de una potencia serena, consciente de lo que quiere y desea transplantar a la tela. Porque Portela Parker,se halla entre lo figurativo y lo abstracto, pero sin entrar abiertamente en este último modo de expresión pictórica.
Pero la tierra le da su sentimiento básico al pintar. «Tierras que dan entraña a tu pintura- ocres, grises, sanguíneos y leonados- en un ser, y no ser sueño y ternura de sus subterráneos mundos convocados», como dice Miguel Angel Asturias en su presentación poética de la obra de Portela Parker.
Una vez más, el arte pictórico latinoamericano se manifiesta inconfundible. La pintura latinoamericana confirma esa realidad.

Si se nos pidiese un ejemplo de la pintura culta, ese ejemplo bien podría ser la pintura de Margot Portela Parker.

El por qué acudiría a nuestra mente a esta pintura en relación con esa categoría esencial del espíritu no es fácil de explicar, pero es quizá en ese inten to, donde logre develar alguna clave del arte de esta singular pintora.

Lo culto es para nosotros una categoría que responde al concepto de lo cultivado como opuesto a lo salvaje, lo cultivado a partir de lo natural, no lo forzado ni lo ficticio. Pero sí el jardín con plantas pero sin yuyos.

Por culto entiendo lo mesurado como opuesto a la desmesura,lo afinado como opuesto de lo estridente, lo recatado como opuesto a la desfachatez.

Por culto entiendo lo serenamente humilde frente a lo pedante, lo generoso frente al yoísmo, lo compasivo frente a la crueldad.
Pienso que las emanaciones de lo culto se obtienen a partir de un esfuerzo, de una tradición bien digerida, de una visión de futuro sana, y de un presente asumido en plenitud. ¿Se dirá que son demasiadas cosas para ver en el arte de una pintora que hace tanto tiempo que no expone?

Esto me recuerda que cultura también es exponer con particular recato, cuando de exhibirse se trata.

Sí, esas son algunas de las cosas que veo en estos óleos donde lo formal se casa con lo informal, la textura densa con la tenue, la luz con la sombra, lo secreto con lo revelado.

Son trabajos que provocan y desafían el instinto de profundizar en quienes lo tengan; son meditaciones tocadas por el afecto, son gentilezas que no han renunciado a una altiva y bondadosa severidad.

Por ello detenerse frente a un cuadro de Margot Portela Parker es un timbre de cultura que retrata al espectador.

Cautiva en Rubbers la obra abstracta de Portela Parker-Hugo Monzón
La de Margot Portela Parker es una pintura hecha con materia rugosa, áspera, atormentada y espíritu sutil; dos polos, no enfrentados allí sino en delicado equilibrio. La luz, más sugerida e interior que directa, aporta a su vez una extraña vibración a estos cuadros mantenidos en una gama baja de tierras y grises, obra que minuto a minuto se transforma y enriquece a los ojos de quines la contemplan. Y hay varios trabajos de esa jerarquía en Rubbers, calificando bellamente a otra de las muy espaciadas muestras que la artista viene ofreciendo en Buenos Aires desde 1951 ( en los últimos 20 años ha presentado sólo cinco individuales en la ciudad y algunas en París donde residió durante largo tiempo).
Sobre una base informal que confiere especial importancia al juego de la materia, a la acción de texturas y grafismos, Portela Parker hace aflorar configuraciones esquemáticas, planos que alternativamente se recortan y esfuman en esos fondos, semejando de pronto las páginas abiertas de un libro, casuchas ordenadas en hilera, alguna construcción o monumento arcaico. Pero no es importante el factor evocativo. La mayoría de las veces se lo siente incluso accidental, sin intención descriptiva detrás, mientras cobra intensidad la relación- un tanto mágica- entre esos signos abstractos y aquella materia activa, otro medio significante por lo demás.

 

De búsquedas y de hallazgos
Los catálogos de exposiciones no están dedicados tanto a quienes pueden verlas como a dejar un testimonio de lo que han sido. De ahí que lo que más importa es el carácter descriptivo que puedan tener esos textos, en especial entre nosotros, para quienes resulta casi imposible incluir en ellos una cantidad elocuente de reproducciones.
Lo dicho me parece particularmente válido para una exposición de las características de la de Margot Portela Parker, exposición que conforma una apretada síntesis de búsqueda,o mejor dicho, de hallazgos que tuvieron lugar a lo largo de su trayectoria artística.
La muestra está ordenada con trabajos que responden a enfoques bien diferenciados. Surge de este hecho una aparente disparidad, pero surge también para el ojo atento una unidad inmanente y, sobre todo, la densa riqueza de un conjunto de piezas que da un generoso aliento para pasar de una a otra de sus singulares formulaciones.
Los grabados proponen un mundo en el que la gracia- esa condición que jamás dejaron de lado los maestros de la plástica- tiene un papel no poco protagónico. Pueden , por ejemplo, observarse grupos de objetos flotantes de las formas más diversas que ascienden en un espacio ilusorio. O figuras remotamente antropomórficas o vagamente «inhumanas» en actitudes secretas. Hay también pequeños mundos cerrados, mundos sin exigencia alguna de representatividad. Estas excepcionales piezas describen siempre con un muy eficaz sentido compositivo, desde objetos imaginarios hasta personajes de una mágica entidad que habitan un clima de libertad propio de los sueños.
La serie de tintas –específicamente las de pequeño formato- ofrecen al espectador una real sensación de monumentalidad. El rigor compositivo, siempre presente en la obra de Margot Portela Parker, acaso sea un elemento fundamentalmente » responsable» de ese fenómeno- uno de los más atractivos y misteriosos de la plástica- en el que tampoco han de ser ajenas las tensiones de líneas dadas mediante diversos valores en este grupo de estructuras geométricas.
Las notorias diferencias entre las tintas de los dos álbumes requieren cada uno especial atención.
Los maniquíes tienen vinculación con algunos de los grabados a los que nos hemos referido. Tratan una visión, no exenta de ironía, de figuras que parecerían estar el mismo tiempo estáticas y en medio de una alucinada danza. Rodeados de una arquitectura fantástica, estos personajes vuelven a situarse en un mundo de raíces netamente surrealistas. La eficacia del dibujo resalta la enunciación de una atmósfera de onírica fantasía.
El homenaje a Lautréamont conforma el segundo album. Más intimistas, más dramáticos, estos dibujos tienen un tono más nocturno y están sometidos a un silencio plástico muy recóndito. Hay algo de prefiguración, de anticipo, en estos dibujos relacionados, por lo demás, con un prefigurador, un anticipador del surrealismo. Las láminas rodean la firma de Isidoro Ducasse con un trabajo dibujístico de miniaturista, de una inmensa riqueza de imaginación plástica que permite alcanzar zonas bidimensionales casi táctiles.
Los óleos tienen una estructura pictórica que supera en mucho la inmediata atracción debida a su refinamiento; quiero decir que, además del calibrado y sutil manejo estético, son cuadros que procuran vibraciones propias del arte mayor en el que la sensibilidad ocupa sólo uno de múltiples planos. Conforman un tipo de pintura de profundas raíces, de entrañables resonancias; un tipo de pintura realizada desde una interioridad manifiestamente espiritual y concretada con una notable destreza técnica.
Una consideración final. Mediante técnicas y recursos diversos, Portela Parker ha sido paralelamente fiel a dos líneas: un íntimo surrealismo y una neta abstracción. En ambos casos ha obtenido resultados de verdadera excelencia; pero hay un valor adicional a los que más importan, los plásticos, y que no es fácil de enunciar sino con el auxilio, casi siempre, de palabras encumbradas.
Trataremos de evitarlas. Me refiero a un ejemplo de vida artística, de vida de artista: búsquedas que, aunque se conviertan en maravillosos hallazgos, exigen siempre repetidas y renovadas búsquedas. A nosotros nos basta con la excelencia de estos grabados, de estos dibujos, de estos óleos. Para Margot Portela Parker, su estilo le exige que no sean más que un pretexto para reiniciar su aventura de buscar y volver a hallar nuevas formas de perdurable belleza.

La rica variedad que nos brinda a través de óleos, dibujos y grabados, manifiesta en Margot Portela Parker una intimidad poética que se expresa por los caminos de la no figuración y del surrealismo. Sus trabajos se exhiben en la galería Van Riel, Talcahuano 1257.
Su extensa labor plástica es conocida por muy pocas exposiciones y la presente si bien no constituye una retrospectiva, abarca obras de distintos años. Este detalle hace interesante el recorrido de las salas, ya que se pone de manifiesto la coherencia de los trabajos en sus distintas técnicas. A la armonía compositiva hay que sumarle en los óleos, el uso ajustado del color, con sobrios empastes que en un todo coincide con la intencionalidad de cada obra. Los 20 trabajos en esta técnica juegan entre una paleta intermedia a baja, y en general se nota el predominio de las tierras, con lo que se cargan imágenes sugerentes y de gran calidez. Un ejemplo de lo dicho puede ser entre otras Eurindia.
De las dos series de carpetas con dibujos, Lauréamont y Los maniquíes, destacamos la última por lo logrado de sus imágenes surrealistas, las que alcanzan el clima adecuado a través de una precisa técnica y un ordenamiento espacial sugerente. Las tintas que componen Lautréamont parten de una grafía con base en el automatismo y que rodea la firma de Isidoro Duchase, en algunos casos el preciosismo quiebra el clima propuesto.
No son menos interesantes los grabados al agua fuerte y en punta seca, en los que reitera sus cualidades plásticas.
En resumen las obras de M.Portela Parker son un buen ejemplo de vitalidad creativa y del dominio técnico en función poética.