Homenajes de poetas y escritores ante su obra
Presentación de Rafael Alberti en su primera exposición en Galería Antú, septiembre de 1951
Aparece Margot Portela Parker, en lo más esencial de esta primera exposición suya, como una retina puntiaguda, una aguja acerada de poder microscópico capaz de descubrir, ya en la corteza o piel de todo lo creado, un mundo mareante, algo así como un pulverizado hormiguero, que ella después, con una sabiduría de mano sorprendente, sabe ordenar y conducir por los múltiples laberintos que al impelirle movimiento le manda ir formando.
Pocas veces la tinta china, espoleada por el blanco tirante del papel, ha debido sentir mayores picotazos, más extraña tortura. Y pensará: -Qué audaz abeja es ésta, de aguijón incansable, que se atreve a robar mi negro sueño? En qué panales de imprevistas celdillas lo irá depositando?
Aguijonea Margot las superficies albas que elige para sus visiones, y un reguero de diminutos círculos, minúsculos triángulos, serpenteantes líneas, ya profundos o débiles, unas veces ceñidos a un contorno, otras desvaneciéndolos, va haciendo aparecer la nueva creación de un firmamento de geografías celestes, una desconocida fauna de humanas reminiscencias vegetales, misteriosas cabezas desveladas, niñas hundidas en el mar o en los ríos, entramadas de peces y redes sonambúlicos. Cuando ya la memoria de los ojos a distancia recuerda estas revelaciones, salya como del centro de una gran nebulosa una movida Vía Láctea, cuyo enjambre radiante surge del claroscuro –tinta china y papel- que de pluma maestra Margot Portela Parker ha sabido grabarnos para siempre.
Poema de Miguel Angel Asturias, Paris 1963
Tierras que dan entraña a tu pintura
-ocres, grises, sanguíneos y leonados-
en un ser y no ser sueño y ternura
de subterráneos mundos convocados.
A la otra pintura, a la pintura,
faltaba anatomía de amputados
brazos de mar, saliva de locura
y memoria de astros apagados.
Mas todo aquí ya en médula de imanes
material atracción de lo que fluye
sin imagen, pintura sin afanes;
todo aquí convocado cuando huye
de las substancias a la móvil llama
en que la luz se quema y se derrama.
Poema de Rafael Alberti, Roma 1963.
Margot Portela Parker, ahora
HABLO en recuerdo, toco,
ahora tu pintura
sin tenerla delante.
Con los ojos la toco. ¿Qué sucede?
Este es un mundo abierto para el tacto,
Manos de la retina, complacencia
de sentir la mirada sumergiéndose
tal vez en sueños no,
quizás seguramente en realidades.
No voy a tientas por aquí, no ando,
No, por aquí perdido.
La opaca luz, la muda luz me habla
Y penetra en los ojos conduciéndome.
No camino en la nada hacia la nada.
Palpo cosas que otros no miraron,
que allí estaban quizás,
o si no estaban,
de algún lugar, sólo por ti sabido,
fueron traídas para que se vieran.
Y aquí se ven. Tocadlas.
No las tengo,
Digo, delante, ahora, pero es mucho
-todo, pintor- hablar de la pintura
cuando está lejos, cuando ya se ha ido.
Carta de Ernesto Sábato, Buenos Aires 1971.
Todavía, querida Margot, sigo pensando en los cuadros que ayer me mostraste. Aunque la palabra «pensando» no es la más adecuada para esta clase de fenómenos que nada tienen ver con la mente pura sino con el espíritu, y aún más con el alma; es decir, con esa región oscura en que sucede lo más importante para el ser humano: el amor y el odio, la angustia y la esperanza. Región desgarrada por fuerzas encontradas y por sentimientos opuestos, de donde salen loe enigmáticos mitos y el auténtico arte, confiriéndoles ese «no sé qué» que efectivamente nunca se sabe en qué consiste, y que es peculiar de la poesía: una vibración que se prolonga en nosotros ambiguamente, ese no terminar nunca de precisarse en conceptos claros que diferencia a la poesía de la prosa, ese mensaje que no concluye jamás de descifrarse del todo y que nos deja una secreta reverberación en lo más profundo de nuestro ser.
Es el ámbito a que pertenecen tus pinturas, esas cavilaciones entre ferruginosas y submarinas que parecen desprender lentamente, como los milenarios minerales radioactivos, una fosforescencia apenas perceptible para el ojo distraído o superficial, pero que los iniciados advierten y reciben de modo inquietante.
Qué suerte para vos comunicar así tu universo secreto, qué desventaja para los que como yo apenas disponemos para hacerlo de las torpes y gastadas palabras del lenguaje escrito!
Ernesto Sábato
